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MiguelOrtemberg 4/30/2018 12:27:55 PM
MiguelOrtemberg
La calesita
Miguel Ortemberg escritor argentino
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Tags literatura literatura latinoamericana relatos poemas poesía Miguel Ortemberg escritores latinoamericanos literatura sudamericana
 
Literatura, relatos, poesía, literatura latinoamericana, novelas
 

—Mariana no quería ir al colegio..., y yo no sabía qué hacer. En realidad sí sabía qué hacer, obligarla a ir..., pero yo también tenía ganas de estar con ella; me cuesta ponerle límites porque me resulta muy difícil conducir mis afectos.

—Pero en concreto, ¿qué hizo?

—Nos quedamos juntas toda la tarde charlando, contándonos cosas, como amigas. Me contó de un compañero de la escuela que le gusta y me leyó algunas cosas de su diario íntimo que son muy hermosas. No sé..., a veces tengo miedo de hacerle daño.

—¿Cuál sería el daño?

—Ella tiene que tener sus espacios: la escuela, las amigas, yo que sé... cosas de su edad.

—¿Cómo están sus notas?

—Bien, salvo en matemáticas que no le gusta... en general bien.

—No es la primera vez que le pide faltar, ¿no?; hace unos días usted trajo un episodio similar...

—Sí, por eso me sentí tironeada entre lo que sentía y lo que me parecía bueno para ella.

—Es muy difícil saber qué es lo bueno en circunstancias como éstas. ¿Mariana también escribe poesías?

—No. Son cosas que siente. Por ahora no tiene una intención estética.

—Y usted, ¿sigue escribiendo?

—Sí, pero estoy sorprendida de lo que sale de mí; ya no escribo armoniosamente, no puedo relatar cosas dulces, estoy como un mar embravecido...

—Me gustaría que lo traiga.

—Tengo algo acá, en mi bolso...

—¿Quiere leerlo?

—...

—¡La escucho!

—«Que crucifiquen bien alto mi voluntad de muerte, que millones de moscas se posen sobre las ciudades, que las hormigas tomen por asalto cada lugar organizado prolijamente..., que los pájaros griten al unísono un canto disonante y tenebroso.

Que corran espantados los cuadrúpedos, que se rebelen los seres de las aguas dulces, saladas, de los ríos en pendiente.

Que hablen las víboras como individuos compitiendo, que discutan tres vidas para conseguir afuera lo que sólo crece desde adentro.

¡La Naturaleza y la Historia son el espejo de la especie!

¿Qué somos?... ¿dioses, basura cósmica, mortales, padres, pueblos, hijos, verdugos, sombras condenadas a dar a luz hijos sombríos...?»

—...

«Que tus ojos se enciendan al verme, que se destraben mis trenzas por sí solas, que asesinen tus manos calientes el frío de mis músculos, que se muestre por fin mi humanidad desnuda... mil veces desnuda.

Rana, me siento rana manoseada, los aparatos me dan asco, mataría sus mecanismos, estallaría los tubos de ensayo y con sus vidrios averiguaría el verdadero color de mi sangre.

No quiero en absoluto tu partida, te queda por mí prohibida la salida de este mundo...»

—¿Quién va a partir? ¿A quién le prohíbe abandonarla?

—...

—¿Se siente bien?

—Sí, creo que sí.

—¿Quiere continuar?

—Me hace falta; le prohíbo la salida a todos los que quiero, siento que me van a abandonar.

—Eso no es así, nadie la va a abandonar. Tal vez es usted la que siente que los abandona...

«Todos los colores mezclados se tornan marrón en la paleta, todos los sentimientos sometidos a la razón nos arrastran como caballos jóvenes al abismo, todas las ideas se tornan mierda cuando ya no podemos sentir la vida.

Me alimento con bestias muertas, me alimento con amigos vivos, aunque gocen mucho, aunque sufran mucho, aunque no puedan tocar a la mañana con los dedos su semblante.

¡Qué crucifiquen bien alto mi voluntad de muerte!»

—Usted tiene que pensar si verdaderamente quiere recibir ayuda en la situación que le toca vivir.

—...

—¿Qué siente ahora?

—...

—¿Qué está pensando?

—Se me cruzó una estupidez por la cabeza.

—¿Qué cosa?, dígala.

—Que a los pacientes como yo en vez de darlos de alta, los dan de baja.

—Tiene mucha bronca, ¿con quién está enojada?

—No sé... tengo una sensación de invasión.

—La invaden sentimientos que no domina a voluntad, eso no es verdadera afectividad.

—¿Es histeria?

—Puede ser, pero yo prefiero no rotular. ¿Quiere seguir? Me parece que le hace muy bien poner todo eso fuera de usted.

«No quiero yo que sean mejores, tampoco peores; no pretendo que sean buenos, tampoco malos. No me interesa el nivel de la cultura que atesoren, pero me espanta la brutalidad. No me propongo modificarlos en ningún sentido... porque, ¿qué es el sentido?... acaso lo opuesto al sinsentido.

La vida no necesita sentido, no es su rumbo, ¿o acaso las mariposas vuelan hacia algún lugar? La vida no necesita significado, ¿o acaso el gusano se sabe mariposa antes de parir sus propias alas?

La vida no requiere fundamento, no es un edificio. La teoría, las más de las veces, no la explica, la complica. La vida se sostiene a sí misma desde siempre. ¿Qué significa en el cosmos una palmera verde, una hoja seca, un pez espada, cada pedazo de la piel que me recubre?

¿Por qué lloran los sauces si las piedras del río le entregan su música? ¿Por qué mueren los peces si el agua no les falta...?

La vida se sostiene a sí misma y yo apenas me equilibro desgarrada entre paredes, colgada de médicos, remedios, amigos...

Me visto con ropas especiales, salgo sólo en la oscuridad para que nadie vea mi rostro. Me da vergüenza morir, que mis hijos y mi esposo me vean morir, es algo muy íntimo morirse, no sé si tiene que ser un hecho público.

A veces tengo ganas de irme a morir, como un elefante, a un cementerio antiguo y secreto, como un salmón remontando ríos de deshielo, como un viejo esquimal sin dientes que se deja comer por el oso blanco que después alimentará a sus descendientes, como un indio sagrado que no teme a lo desconocido.»

—¿Tiene la tentación de suicidarse, Eva?

—No, de ninguna manera, sería un desamor. Simplemente me da vergüenza, es como si me sintiese culpable de mi enfermedad.

—No debe perder la esperanza. Nadie probabilizó esta situación y mucho menos ustedes.

«La gente no termina... más muerte, más vida; la gente no termina. No entiendo cómo Dios no se asquea con tanto derroche. A mí me da asco matar moscas por cientos en mi casa, y no me explico que vuelvan a entrar por la ventana para que las siga matando. Dios es un insecticida de personas o tal vez aquel que entiende el para qué de todo esto; la gente no termina, furia me da que no termine.»

—Seguimos el jueves, Eva.

—¿Ya es la hora?

—Sí.

—Me parece que recién llegué. Le traje plata.

—Gracias, nos vemos la próxima. Si necesita algo, llámeme.

—Me están esperando los chicos con Alicia en el zoológico; chau, Graciela.

—Cuídese mucho.

Floté por el hall, caminé por veredas descalzas, el ruido urbano me cortaba la carne, todos me miraban.

Estaba todavía ensimismada charlando o monologando con Graciela cuando llegué al carrusel del zoológico. Gabriel estaba tratando de atrapar la sortija parado, asomado, lanzado hacia adelante y tomado con una mano del cilíndrico parante... de oro en aquel instante.

Se reía. Mi hijo se reía y disfrutaba de las vueltas y vueltas y el azar de robar un sortija, y era tan brillante y tan oblicua su postura, tan sutil y tan sublime su inocencia, que me pareció bañado en oro, como el barral... y la sortija brillante eran sus ojos, y los demás miles de niños y las madres con los padres y los patos sobre el agua y los leones con sus fauces y sus garras y los guardianes con las gorras recorriendo siempre los mismos caminitos para decirles a los paseantes inauditos que no den de comer cosas que matan, que lastiman, que envejecen, para divertirse viendo engullir a un elefante algún objeto extraño a su naturaleza.

Yo sentía por dentro la hermosura y buscaba que me mirara y me saludara, que se extendiera con su vista, que me adivinara, y vi a Mariana.

Estaba con Alicia, mi amiga, ambas sentadas en un banco de madera vieja, apoyadas las espaldas contra el alambre tejido.

Charlaban como dos señoras. Me vi en Mariana muchos años atrás, hablando con mi tía en una plaza, Plaza Irlanda, con mi madre, con mi padre, con mis tíos. La amé en colores desde la gama de los ocres a la de los azules mientras me acercaba, después nos besamos y al tocarnos, resucité de tanto dar vueltas y vueltas y sortijas. Todos se bajaron de la calesita cuando atardeció.

No sé por qué siento que hablo desde afuera del mundo..., ¡sí sé por qué!, no soy humana, soy divina, soy una persona con la conciencia de su fin, ¡estoy afuera!... y, sin embargo, estoy más adentro que nunca.

Soy una heroína, un caldo quemante en la estepa polar, y doy la vuelta a caballo torneado de calesita, si saco la sortija... ¡ay!... si saco la sortija esta noche me olvido de mi muerte.

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Miguel Ortemberg Miguel Ortemberg

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